Villa de del Saltillo, Nueva Vizcaya, 19 de febrero de 1674
| In Memoriam: Un extracto de este testamento fue publicado por primera vez por el Ing. Guillermo Garmendia Leal en 1995 en su libro titulado Origen de los Fundadores de Texas, Nuevo México, Coahuila y Nuevo León. Saltillo Tomo II. Que su recuerdo sea una bendición. |

INTRODUCCIÓN
El 19 de febrero de 1674, en la hacienda de San Juan Bautista, de los herederos de Juan Martínez Guajardo, jurisdicción de la villa de Santiago del Saltillo, gobernación de la Nueva Vizcaya, el alférez Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras, enfermo en cama, dictó su testamento ante el alcalde mayor Francisco de Elizondo, justicia mayor y capitán a guerra, quien actuó como juez receptor «por no haber escribano público ni real en cincuenta leguas» — testimonio elocuente del aislamiento de la frontera norte novohispana.
La importancia de este documento para la genealogía del noreste de México difícilmente puede exagerarse: es el único registro conocido que declara el origen de Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras, progenitor de los Cuéllar del noreste de México. En él, el testador se dice «natural de la villa de Salamanca de la Nueva España» — la Salamanca del Bajío guanajuatense — e «hijo legítimo de Antonio de Lizárraras y de doña Ana de Cuéllar, difuntos», con lo que queda establecida, de su propia voz, la filiación y la patria chica del fundador del linaje. Sus descendientes se extendieron desde Saltillo por Coahuila, Nuevo León y, con el tiempo, Texas.
El valor genealógico del texto no se agota ahí. Bartolomé declara su matrimonio con María Guajardo, hija de Juan Martínez Guajardo, y nombra como herederos legítimos a sus ocho hijos: Ana, Miguel, María Juana, Sebastiana, Melchora, Clara, Tomás y Ascencio de Cuéllar. Declara asimismo haber casado a su hija Ana con Juan de Arizpe — enlace del que descienden los Arizpe saltillenses —, y menciona a su cuñada Isabel Flores, a su concuño Antonio Cortinas, a su sobrino Pedro de Vargas Machuca y a su primo el regidor Nicolás de Lizárraras, morador del Valle de Santiago.
El testamento retrata además, con detalle poco común, la economía de la frontera saltillense del siglo XVII: una fundición hidráulica con dos chimeneas — una de fundición y otra de afinación — levantada en la hacienda dotal de Nuestra Señora de Guadalupe; barras de mina en la de San Francisco Javier de los Muertos; una hacienda de fundición despoblada y la mina de Santa Cruz en Coahuila; ganado mayor y menor; nueve caballerías de tierra heredadas en el Valle de Santiago; y una red de deudas y créditos pagaderos en pesos, plomo, carbón, maíz y cera que vincula a buena parte del vecindario de la villa.
El expediente está trunco: el texto se interrumpe bruscamente tras la relación de deudas, sin las cláusulas de albaceazgo, la institución formal de herederos, los testigos ni las firmas. Así lo advirtió ya una mano antigua que anotó al margen de la última foja: «testamento diminuto». Lo que sobrevive, sin embargo, basta para hacer de esta pieza una de las fuentes fundacionales de la genealogía coahuilense.
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