El cuaderno de nacimientos del regidor Nicolás Miguel de Lizárraras

Estampas: Esta publicación forma parte de una serie dedicada a recrear visualmente escenas y momentos específicos rescatados de los registros históricos aquí analizados.

El 17 de febrero de 1682, el regidor Nicolás Miguel de Lizárraras compareció como testigo en el Valle de Santiago, Guanajuato. Lo hacía en el marco de las probanzas de información de moribus et vita (limpieza de vida y costumbres), un proceso canónico indispensable para que su hijo, el bachiller Julián de Lizárraras y Jasso, pudiera ascender al orden del presbiterado.

El propósito central de la declaración del regidor era subsanar una inconsistencia cronológica en la partida de bautismo de su hijo, ya que la Iglesia exigía una edad mínima estricta para la ordenación sacerdotal. Como prueba irrefutable de la legitimidad de la fecha, el funcionario civil exhibió ante las autoridades eclesiásticas un objeto íntimo y excepcional para la época: un cuaderno doméstico y personal donde él mismo anotaba meticulosamente el día y la hora del nacimiento de cada uno de sus hijos.

El regidor Nicolás Miguel de Lizárraras muestra el cuaderno de nacimientos de sus hijos.
Valle de Santiago, 1682.

Transcripción

[…] dijo que el dicho Bachiller Julián de Lizárraras y Jasso su hijo nació en este dicho valle [de Santiago] el año de mil seiscientos cincuenta y ocho a ocho de marzo, viernes a las nueve de la noche poco más o menos y que aunque está cierto en que nació este día tiene así asentada la partida en un cuaderno en que acostumbra asentar el día, mes, hora y año del nacimiento de todos sus hijos el cual cuaderno con la dicha partida mostró a dicho señor [cura] beneficiado […]

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Sobre la relación entre los Cuéllar y Lizárraras y los Vargas Machuca

La identidad del “sobrino” Pedro de Vargas Machuca

 (Saltillo y San Luis Potosí, siglo XVII)

Resumen

En su testamento de 1674, Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras llama “sobrino” a Pedro de Vargas Machuca sin explicar el vínculo. Mediante el análisis correlacionado de registros sacramentales de San Luis Potosí, testamentos y protocolos notariales de Saltillo, este artículo demuestra que el parentesco era político: la esposa de Vargas Machuca, María Crespo de Cuéllar, era hija de Alonso Martín Crespo y de Juana de Lizárraras y Cuéllar, hermana del testador. El caso ilustra la resolución de un problema de parentesco mediante evidencia indirecta.

I. El problema

Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras, vecino de la jurisdicción de Saltillo, otorgó testamento el 19 de febrero de 1674 en la hacienda de San Juan Bautista de la villa de Santiago del Saltillo, gobernación de la Nueva Vizcaya. Entre sus deudas menciona a un cierto Pedro de Vargas Machuca, a quien denomina expresamente “mi sobrino” [1] (figura 1). El documento no explica la naturaleza del vínculo. ¿Cómo era Pedro sobrino de Bartolomé? Ningún registro directo conocido establece la filiación de Pedro de Vargas Machuca ni la de su esposa; la respuesta debe construirse, por tanto, a partir de evidencia indirecta.

Figura 1. Fragmento del testamento de Bartolomé de Cuéllar Lizárraras (1674), AMS, T, c 2, e 10.

Transcripción:

“Y también declaro que le debo a Pedro de Vargas Machuca mi sobrino un mil quinientos noventa y cinco pesos de ajuste [y] liquidación de cuentas de avío que me dio de su tienda para dicho mi molino de fundición de esta hacienda, de que le hice vale.”

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El testamento de Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras

Villa de del Saltillo, Nueva Vizcaya, 19 de febrero de 1674

In Memoriam: Un extracto de este testamento fue publicado por primera vez por el Ing. Guillermo Garmendia Leal en 1995 en su libro titulado Origen de los Fundadores de Texas, Nuevo México, Coahuila y Nuevo León. Saltillo Tomo II. Que su recuerdo sea una bendición. 

INTRODUCCIÓN

El 19 de febrero de 1674, en la hacienda de San Juan Bautista, de los herederos de Juan Martínez Guajardo, jurisdicción de la villa de Santiago del Saltillo, gobernación de la Nueva Vizcaya, el alférez Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras, enfermo en cama, dictó su testamento ante el alcalde mayor Francisco de Elizondo, justicia mayor y capitán a guerra, quien actuó como juez receptor «por no haber escribano público ni real en cincuenta leguas» — testimonio elocuente del aislamiento de la frontera norte novohispana. 

La importancia de este documento para la genealogía del noreste de México difícilmente puede exagerarse: es el único registro conocido que declara el origen de Bartolomé de Cuéllar y Lizárraras, progenitor de los Cuéllar del noreste de México. En él, el testador se dice «natural de la villa de Salamanca de la Nueva España» — la Salamanca del Bajío guanajuatense — e «hijo legítimo de Antonio de Lizárraras y de doña Ana de Cuéllar, difuntos», con lo que queda establecida, de su propia voz, la filiación y la patria chica del fundador del linaje. Sus descendientes se extendieron desde Saltillo por Coahuila, Nuevo León y, con el tiempo, Texas.

El valor genealógico del texto no se agota ahí. Bartolomé declara su matrimonio con María Guajardo, hija de Juan Martínez Guajardo, y nombra como herederos legítimos a sus ocho hijos: Ana, Miguel, María Juana, Sebastiana, Melchora, Clara, Tomás y Ascencio de Cuéllar. Declara asimismo haber casado a su hija Ana con Juan de Arizpe — enlace del que descienden los Arizpe saltillenses —, y menciona a su cuñada Isabel Flores, a su concuño Antonio Cortinas, a su sobrino Pedro de Vargas Machuca y a su primo el regidor Nicolás de Lizárraras, morador del Valle de Santiago. 

El testamento retrata además, con detalle poco común, la economía de la frontera saltillense del siglo XVII: una fundición hidráulica con dos chimeneas — una de fundición y otra de afinación — levantada en la hacienda dotal de Nuestra Señora de Guadalupe; barras de mina en la de San Francisco Javier de los Muertos; una hacienda de fundición despoblada y la mina de Santa Cruz en Coahuila; ganado mayor y menor; nueve caballerías de tierra heredadas en el Valle de Santiago; y una red de deudas y créditos pagaderos en pesos, plomo, carbón, maíz y cera que vincula a buena parte del vecindario de la villa.

El expediente está trunco: el texto se interrumpe bruscamente tras la relación de deudas, sin las cláusulas de albaceazgo, la institución formal de herederos, los testigos ni las firmas. Así lo advirtió ya una mano antigua que anotó al margen de la última foja: «testamento diminuto». Lo que sobrevive, sin embargo, basta para hacer de esta pieza una de las fuentes fundacionales de la genealogía coahuilense.

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